29 de octubre de 2026

Sixto escucha la radio



Bien entrada la noche, se bañaba en el patio con una manguera, encendía el ventilador y la radio, y se acostaba a darle vueltas a los recuerdos. Sólo un programa conseguía distraerlo. Una locutora de voz sedosa que relataba cuentos de aparecidos y que entrevistaba a personas que habían vivido experiencias sobrenaturales. Contaba las historias en episodios que interrumpía para transmitir clásicos del rock y pausaba las entrevistas en el punto más tenso para dar espacio a los cortes publicitarios. Un hombre conoció a una mujer en un bar. La mujer lo llevó hasta su departamento que estaba en un edificio casi abandonado en la parte vieja de la ciudad. Él hombre estaba borracho, por lo que algunos recuerdos se le confunden, pero no olvida la sensación de inquietud y de nerviosismo que aquel lugar le produjo. Subieron dos o tres tramos de escaleras y abrieron una reja herrumbrosa y una puerta de madera. Entraron a un recibidor débilmente iluminado por la luz que se colaba, entre las pesadas cortinas, desde el exterior. En el sillón de la sala había dos niñas. Estaban despiertas y sentadas muy rectamente. Observaban como hipnotizadas la estática del televisor. “Les traje la cena” dijo la mujer y señaló al pobre individuo que ahora relataba “desde el otro lado de la línea” evocando el horror que sintió en toda la carne. Salió corriendo y nunca más volvió a ir a los clubes ni a intimar con mujeres que recién conocía. Se había vuelto cristiano y tocaba la guitarra en el coro de su congregación. No podía precisar si lo que le ocurrió fue efectivamente algo de otro mundo, pero su instinto le asegura que aquello no era humano. Días después, a pleno mediodía, pasó por la zona a donde lo había llevado la mujer y descubrió que el edificio tétrico y arruinado había sido demolido.
    Mientras escuchaba esas mentiras absurdas, se iba quedando dormido. Algunas veces soñaba con escenarios parecidos a los de los relatos de la radio; otras, tenía apasionados encuentros con la locutora de voz aterciopelada, que, en sus sueños, era poseedora de una belleza desconcertante. La imaginaba morena, quizá un poco pálida por trabajar de noche y dormir de día, de cabellos rizados, joven, sin duda, seductora como una vampiresa gótica, vistiendo siempre ajustadas prendas negras, como una dominatriz del futuro.
    Despertaba con las primeras luces del amanecer, preparaba café en la pequeña estufa de dos hornillas que le habían acondicionado en un cuartito vecino y comenzaba, otra vez, la rutina de no matarse.


28 de octubre de 2026

Sixto recuerda I


Sentado a la sombra del alero de teja, con la mirada clavada en la ceniza de su cigarrillo, Sixto recuerda:


Estaba en tercero de secundaria, turno vespertino, escuela técnica. En el trabajo está el progreso y en el deporte la salud. Se despidió de sus amigos y se quedó solo. Siempre fingía que alguien pasaría a recogerlo para no mostrarle a los demás que se iba caminando hasta su casa, porque no tenía las tres tristes monedas para el colectivo. Dos niñas que esperaban, ellas sí, a que pasaran a recogerlas lo observaban unos cuantos metros más allá. Se reían. Inmediatamente supo que se burlaban de él. De su mochila raída, de su uniforme gastado. La última camiseta blanca que tenía estaba sucia, así que, ese día, se había puesto una negra debajo de la camisa de botones casi transparente. Quería hacerlo pasar por un acto de rebeldía, pero, secretamente reiteraba para sí mismo el convencimiento de que todos sabían la causa. El prefecto no le dijo nada. Tal vez entendía cuál era la situación, tal vez no lo vio con cuidado. Las niñas seguían riéndose, pero él tenía que seguir ahí, esperando hasta estar seguro de que todos los demás que lo conocían se habían ido. Una de ellas, la fea, se acercó. Dice mi amiga que sí le das un beso. Quiso mantener la compostura. Supo que se había puesto colorado. No sonrió. Miró a hacia la amiga que seguía en su puesto de unos metros más allá. Era bonita. Flaca y morena, de lustrosos cabellos negros. Pestañas enchinadas con cuchara, rubor, brillo de labios. Se recompuso. Dile que hasta dos. La niña se acercó y lo besó como si se hubieran besado desde siempre. Sin timidez ni reservas. Profesionalmente. Olía a mist de cereza y sabía a chicle de manzana. Él se dejó llevar para no demostrar que no tenía idea de lo que estaba ocurriendo. La fea desapareció de su ángulo de visión y de su pensamiento. También desaparecieron otras cosas. Desapareció el recuerdo de su uniforme en mal estado y de su mochila raída. Desapareció la vergüenza de no tener monedas para el colectivo. Se olvidó momentáneamente de que era despreciable y, por primera vez, creyó en la posibilidad de que alguien, aparte de su madre, podía quererlo. Desde ese momento, las mujeres se volvieron su único puerto a salvo en el naufragio constante de sus mortificaciones cotidianas, pero supo también que al procurar su compañía no sólo buscaba abrir el cauce a las rabiosas pulsiones de la carne, sino saciar, aunque fuera con unas pocas gotas, su inextinguible sed de ternura.




22 de enero de 2022

Desamparo

En una ocasión, hace ya varios años, en conversación con la Diana y con el Iván, llegamos a la conclusión de que todavía quedaban varios autores mexicanos que no habíamos leído. Como ya teníamos una especie de club de lectura, no fue difícil armar una lista de autores y obras de nuestra tradición literaria que debíamos leer a la brevedad. En ese catálogo de pendientes, incluimos a una para mí desconocidísima Amparo Dávila. Coincidentemente, por esas fechas apareció el volumen de Cuentos completos de la autora editado por el FCE. Esto facilitó el trabajo de búsqueda, ya que, hasta ese momento, era más o menos difícil conseguir sus libros. Uno de los primeros cuentos que leí fue "Alta cocina". Lo elegí al azar, guiado sólo por su extensión. Me dejó asombrado tanto por su perfecta ejecución narrativa como por los efectos que me contagiaba su extraña anécdota. Asco, intranquilidad, desasosiego... Me seguí leyendo hasta concluir el libro. Admito que, en su totalidad, el conjunto de relatos es irregular. Hay algunos geniales y otros no tan buenos, pero todos ellos escritos con precisión y belleza, con la pluma de quien domina la lengua a la perfección. Sobre todo me dio la impresión de que me encontraba ante una autora de antes, de ese pasado glorioso de nuestras letras en el que los autores escribían con una conciencia clara de la tradición y del género, preocupados sólo por la obra y no por su figura autoral. Quise tanto a Amparito que hasta escribí un artículo académico sobre uno de sus cuentos, "Moisés y Gaspar" (búsquenlo, anda por ahí en PDF) y, hasta la fecha, sigo releyéndola y recomendándola. Tuve el privilegio de verla en persona y hasta conseguí que me firmara un libro. Murió recientemente (2020), pero, por suerte, alcanzó a ser objeto de reconocimiento tanto de las instituciones de la cultura como de sus lectores. Yo hice hice un dibujito para honrarla:


21 de enero de 2022

Infame turba

Hace algún tiempo tuve la oportunidad de diseñar una imagen para la portada de un libro (una muy abarcadora antología de relatos vampíricos hispanoamericanos del siglo XIX). La labor de compilación y edición la llevaron a cabo dos investigadores muy importantes, especialistas en los géneros no miméticos.1 Mi participación en el volumen se limitó al diseño de la viñeta para la portada. La armé usando ilustraciones de catálogos departamentales vintage que encontré en la red. Si tienen ocasión, adquieran un ejemplar. Así tendrán, como siempre han soñado, un pedacito de mí. Les dejo imágenes:





1 Ana María Morales y José Miguel Sardiñas